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Comentario
Retórica de alarma en el ámbito cultural

Por qué la comparación con el fascismo se ha convertido en una nueva rutina del feuilleton
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El tono se vuelve más agudo, los términos más grandilocuentes. Lo que antes era una categoría analítica hoy suele funcionar como una señal moral. El lenguaje político del ámbito cultural se ha acelerado de forma perceptible.

Los extremos históricos como rutina

Cuando la escritora estadounidense Siri Hustvedt compara la situación actual de Estados Unidos con el fascismo y habla de un “subsuelo” de resistencia, sigue una retórica que se ha vuelto cada vez más habitual en el ámbito cultural occidental. El término histórico extremo sirve menos como diagnóstico preciso que como amplificador moral. El fascismo designa un sistema político con elecciones libres abolidas, oposición neutralizada y medios controlados. Estos criterios no se cumplen en Estados Unidos pese a la polarización y a conflictos intensos. La comparación parece, por tanto, menos analítica que afectiva.

El teatro moral del presente

Resulta revelador el contexto en el que se formulan estas declaraciones. Rara vez se producen en instituciones políticas, sino más bien en eventos culturales europeos, festivales y mesas redondas. Allí circulan como parte de un discurso transatlántico que traduce los desarrollos políticos en narrativas dramáticas. El ámbito cultural funciona como cámara de resonancia de una condensación moral. Procesos complejos se transforman en imágenes emocionalmente accesibles: autoritarismo, resistencia, subsuelo. Estos términos poseen una alta energía simbólica, pero una baja precisión. Surge así un lenguaje que escenifica más de lo que describe.

El pathos de la resistencia

El término “resistencia” está fuertemente cargado de significado moral en la memoria europea. Su traslado a los conflictos actuales genera un pathos destinado a movilizar, pero también exagera. Un subsuelo presupone un Estado que criminaliza sistemáticamente la oposición. Estados Unidos está lejos de una situación así. Sin embargo, esta imagen produce efecto porque activa experiencias históricas y sugiere urgencia. El ámbito cultural produce así escenarios que oscilan entre el análisis y la proyección.

Estados Unidos como superficie de proyección

El conflicto estadounidense ofrece al feuilleton europeo una superficie de proyección ideal. Está lo suficientemente lejos para ser interpretado moralmente y lo bastante cerca para permitir la identificación cultural. El diagnóstico de un autoritarismo inminente estabiliza al mismo tiempo la imagen de Europa como un contraespacio ilustrado. Los conflictos estadounidenses se convierten así en material simbólico de un drama cultural transatlántico. Las declaraciones de intelectuales individuales funcionan menos como análisis que como componentes narrativos.

La pérdida de medida

El uso inflacionario de comparaciones históricas extremas tiene un precio. Cuanto más se emplean términos como “fascismo” o “subsuelo”, más rápidamente pierden precisión. Lo que se concibe como advertencia se convierte en rutina. El discurso se desplaza de la descripción diferenciada hacia interpretaciones globales cargadas de moral. Surge un lenguaje político que piensa cada vez más en escenarios y que, al hacerlo, socava sus propios criterios. Precisamente ahí residen su efecto real y su riesgo.

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